Camino a la redacción, José ve a un señor mirando a través de un raro aparato en plena calle. Curioso como es, le llama la atención y se acerca...

–¿Cómo se llama?
–Teodolito.
–¿Teodolito cuánto?
–¿Cómo cuánto?
–¿Cuál es su apellido?
–Ahh, ya entiendo… Ud. preguntaba por mí y yo le contesté por este aparato, que se llama teodolito. Y yo me llamo Gómez… Teodolito Gómez. ¡Bah!… Me dicen Teodolito porque me la paso midiendo, que es en realidad lo que hace este aparato.
–¿Y qué mide?
–Sobre todo la distancia entre dos puntos. Con esos datos, después hago operaciones matemáticas y cálculos que me sirven para confeccionar mapas y planos.
–¿O sea que Ud. es...?
–Perito topocartógrafo. Soy el profesional que confecciona mapas y cartas topográficas. Es decir, investigo la topografía, el conjunto de características que tiene un terreno en su superficie.
–¿Por ejemplo?
–Si tiene pendientes, elevaciones, si hay ríos o arroyos, etc. Y toda esa información la vuelco en el mapa.
–¿Y qué más hace?
–Estudio los terrenos antes de que se construyan los edificios o las obras públicas. Una cosa que me gusta mucho de mi trabajo es el análisis de las fotografías aéreas y satelitales. Con esa información actualizamos los mapas y utilizamos los datos para otras actividades.
–¿Y el teodolito lo inventó usted?
–No, lo inventó en 1787 el óptico y mecánico Ramsden, pero era muy pesado.
–¿Ramsden era un pesado?
–¡Nooo! El teodolito.
–¡Ahhhh!
–Sigo. Como el de Ramsden era tan pesado, el ingeniero suizo Enrique Wild, en 1920, hizo uno mucho más liviano. Y después se fueron mejorando hasta llegar a los actuales, ultramodernos. ¿Entendió?
–Sí. Un pedido: no me ladre cuando me vaya.
–¿Que no le ladre?
–¿No me dijo que era perrito?
–Pe-ri-to… Perito topocartógrafo.