Otro pedido del jefe: "¡José! Me gustaría que hicieras una nota sobre un oficio casi en extinción. ¿Escuchaste hablar de las clínicas de muñecas? ¿No? Bueno, andá y averiguá..."

–¿Se encuentra el doctor?
–¿Doctor?
–¿No estoy en una clínica de muñecas?
–Sí.
–¿Entonces? Quiero ver al doctor...
–¿La verdad? Nunca lo había visto de esa manera, pero tiene razón. Soy una especie de doctor: a mi clínica traen las muñecas para que las "curemos", es decir las arreglemos.
–¿Y para qué? Si a alguien se le rompe una se compra otra y listo...
–Hoy se puede porque con materiales tan económicos como el plástico hay mucha oferta de muñecas, de todos los precios. Pero hasta hace unos 50 años las muñecas eran de pasta, de porcelana, de trapo y ya se veían las primeras de celuloide. Por entonces eran muy caras y los materiales muy frágiles. Por eso se justificaba arreglarlas.
–¿Y qué les arreglaban?
–Simple: reconstruíamos lo que estaba roto. Por ejemplo, un brazo.
–¿Se lo enyesaba?
–Algo así: se lo pegábamos y lo pintábamos, tratando de que quedara lo más parecido al original. Igual con los ojos...
–Bien hecho, doctor. Queda feo andar con un ojo de un color y otro de otro. ¿No?
–¡Seguro! Pero le aclaro que si nos tocaba el caso de una muñeca con un ojo roto también lo reponíamos.
–¿Y qué otras cosas hacían?
–Muchas veces les cambiábamos la ropa. La gente venía para que nosotros le hiciéramos ropa nueva.O un vestido de fiesta…
–¡¿Ud. me está cargando?! Dígame ahora que también se las traían para que las peinara...
–¡Sí! Y para que les cambiara el pelo.
–¿Había muñecas peladas? ¡Qué horror!
–Le explico: me traían cabellos de los mismos niños para arreglar o cambiar el de las muñecas. Yo se los colocaba y quedaban como nuevas.
–No le puedo creer...
–Créalo, amigo. Sucedía...